ANTES DEL PRIMER MOVIMIENTO

El origen de BALL

Fantasía, evasión y la necesidad de construir un mundo con reglas.

Antes de ser un juego de mesa sin azar, BALL fue una forma de ordenar una incomodidad: la necesidad de escapar de un mundo que rara vez distribuye causas y consecuencias con justicia. Este texto es la semilla intelectual que precede al tablero.

La fantasía no debe morir

Una reflexión sobre fantasía, causalidad, responsabilidad y la necesidad humana de construir mundos coherentes.

Ya estaba escribiendo en mi pensamiento:

«La fantasía no debe morir».

Y me detuve.

Estar convencido de una idea no significa que, por el mero hecho de estar yo convencido, deba estarlo todo el mundo. Antes de afirmar que la fantasía no debe morir existe una pregunta anterior:

¿Por qué no debe morir?

O quizá otra todavía más incómoda:

¿Por qué no va a morir?

Y podríamos seguir retrocediendo.

Cada pregunta contiene otra pregunta anterior. Una regresión recursiva que, si la dejamos avanzar, termina alcanzando nuestra propia existencia: por qué pensamos, por qué escribimos, por qué preservar una idea y no condenarlo todo al olvido. Podríamos retroceder tanto que acabaríamos preguntándonos si debemos escribir siquiera una palabra.

Pero no quiero llegar tan lejos.

No hoy.


Vivo entre cuatro paredes. A veces tengo la impresión de que salgo de esta habitación menos de lo que debería. Quiero apartar las pantallas de mis ojos. Quiero oler más y ver menos. Me gusta sentir el viento.

No aguanto demasiado fuera. Pero durante ese breve intervalo, antes de cansarme, siento algo.

No es paz.

Es alivio.

Y la precisión importa.

Porque paz y alivio no son equivalentes. La paz presupone, de alguna manera, que ha cesado el conflicto. El alivio sólo significa que durante un instante disminuye su presión.

Salir, además, no siempre es posible.

Y la relación que intento describir tampoco es tan sencilla como «dentro» y «fuera», aunque quizá pueda reducirse a eso en un grado suficiente de abstracción. Hablo de nuestra relación con el entorno. Y el entorno no siempre puede modificarse con la facilidad con que se abre una puerta y se cruza un umbral.

Reducir el problema a estar dentro o estar fuera sería confundir una variable con el sistema.


Y en realidad podría terminar aquí.

Ya he dicho lo que quería decir.

Todo lo que viene después pertenece a otra obligación: la de hacerme entender.

Ese es mi tedio al escribir. No escribo para mí. Si escribiera únicamente para mí, habría terminado hace muchas líneas. Quizá habría terminado en el título. Todo el desarrollo posterior habría ocurrido de puertas para dentro, sin sintaxis, sin explicaciones y, probablemente, sin palabras.

Pero escribo para ti.

Para que tú me entiendas.

Y sabiendo que llevo ya todo este texto —menos el título— escribiéndolo para ti, ahora sí te pido atención.

Si ya has entendido adónde quiero llegar sin necesidad de una palabra más, ojalá pudiera tenerte delante. Que bastara mirarnos para conocer el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué. Ahorrarnos esta absurda necesidad de convertir pensamientos en símbolos, símbolos en frases y frases nuevamente en pensamientos dentro de una cabeza distinta.

Pero no podemos.

Así que continúo.


La fantasía no debe morir porque alterar nuestro entorno material no siempre resulta cómodo y, con demasiada frecuencia, ni siquiera resulta posible.

La fantasía es una vía de escape.

Aunque «escape» quizá sea una palabra injustamente desprestigiada.

Para algunos la fantasía son imágenes. Para otros, sonidos. Para otros, esculturas, cuerpos, texturas. Algunas fantasías se miran; otras se tocan; otras se escuchan.

Y otras se huelen.

Siento decirte que no se me ocurre cómo perfumar este texto que quizá te llegue convertido en bits. Y siento todavía más no saber qué olor sería capaz de transportarte a un entorno en el que pudieras sentir exactamente lo que ahora necesitas sentir.

Porque tampoco tiene por qué coincidir con lo que necesito yo.

Ni con mi sensibilidad.

Ni con mi ética.

Ni con mi moral.

Quizá tus pensamientos me parezcan despreciables. Quizá llegue a odiar la mera posibilidad de que alguien como tú exista. Quizá pueda juzgarte. Quizá no consiga perdonarte. Quizá considere legítimo condenarte. Quizá otros quieran vengarse de ti.

Y, aun así, entenderte continúa siendo posible.

Entender no es absolver.

Esta distinción importa tanto en el derecho como fuera de él.

Comprender la cadena causal que conduce a un acto no extingue necesariamente la responsabilidad de quien lo ejecuta. Pero tampoco debería autorizarnos a fingir que esa cadena no existe.

Puedo reprocharte lo que haces y, al mismo tiempo, preguntarme qué te llevó hasta allí.

Puedo reconocer tu responsabilidad sin concederte el monopolio de todas las causas.

Y quizá ahí pueda ofrecerte algo: una opción menos lesiva. Una salida distinta. Una fantasía en la que ciertas pulsiones encuentren representación sin necesidad de convertirse en daño.

Que la aceptes o la rechaces ya no depende de mí.

Incluso podrías interpretarla de tal manera que algún día consiga que me odie a mí mismo por haber escrito una sola palabra.

Ése es también el riesgo de crear.


Porque la fantasía, por mucho que queramos imaginarla llena de magia, castillos y tornasoles parlanchines, no significa lo mismo para todos.

Ni siquiera significa lo mismo para una misma persona durante toda su vida.

La fantasía se adapta.

Muta con aquello de lo que necesitamos escapar.

Y entonces aparece una obligación mucho más difícil: entender.

Entender no significa celebrar.

Entender no significa justificar.

Entender ni siquiera significa dejar de sentir dolor ante aquello que comprendemos.

A veces entender exige exactamente lo contrario: atravesar nuestro propio rechazo y establecer una conexión intelectual que emocionalmente nos resistimos a aceptar.

Dar el beneficio de la duda no porque todo el mundo sea inocente, sino porque ninguna explicación seria debería comenzar dando por demostradas sus conclusiones.

Y si buscamos culpables, quizá descubramos algo todavía más incómodo:

que la culpa rara vez se comporta como un objeto indivisible.

Se distribuye.

Aquí debo ser preciso.

La responsabilidad jurídica puede individualizarse. La causalidad, casi nunca.

Un tribunal necesita determinar quién realizó una conducta, con qué conocimiento, bajo qué circunstancias y con qué grado de reproche. Necesita límites porque sin ellos el derecho se volvería imposible.

La realidad no tiene esa obligación.

La realidad puede permitirse cadenas causales enormes.

Padres.Madres.Instituciones.Ausencias.Decisiones.Humillaciones.Incentivos.Miedos.Errores.Silencios.Personas que hicieron algo.Personas que dejaron de hacerlo.

Me estoy desviando.

Pero la desviación también contiene algo.

Y como la cuestión estricta de la fantasía quedó resuelta hace ya muchas líneas, quiero proponerte un último ejercicio.


Un ser entrega un arma a otro.

No le ordena utilizarla.

No le explica contra quién.

No le impone un objetivo.

Ni siquiera lo anima especialmente a disparar.

Pero existe otro conjunto de personas, hechos y circunstancias que presionan al segundo ser. Lo provocan. Lo rompen. Lo van destruyendo.

No encuentra salidas.

O, más exactamente, no consigue verlas.

Nadie se las enseña.

Lo único que aprende con regularidad es a sufrir.

Tiene, sin embargo, el arma.

Aprende a utilizarla.

Comprende su función.

Y finalmente dispara.

Comete un delito.

Ahora viene la pregunta incómoda:

¿de quién es la culpa?

No pregunto quién apretó el gatillo. Ésa es una cuestión descriptiva y probablemente sencilla.

Pregunto por la arquitectura causal completa.

¿Cuánto corresponde a quien entregó el arma?

¿Cuánto a quien ejerció la presión?

¿Cuánto a quien creó las condiciones bajo las cuales aquella arma terminó existiendo y circulando de mano en mano?

¿Cuánto al que fabricó una pieza?

¿Cuánto al que suministró el metal?

¿Cuánto al que vio deteriorarse a esa persona y decidió que no era asunto suyo?

¿Cuánto a una institución que pudo intervenir?

¿Cuánto al propio individuo que finalmente decidió disparar?

No estoy diciendo que todos respondan jurídicamente.

Eso sería absurdo.

Estoy diciendo que causar, contribuir, permitir, facilitar, omitir, decidir y ejecutar son categorías distintas, aunque en nuestra necesidad de obtener una respuesta sencilla prefiramos comprimirlas todas en una sola palabra:

culpa.

Podríamos incluso imaginarlo matemáticamente.

Sea un acontecimiento final E.

No existe necesariamente una única causa C, sino un conjunto:

E = f(C₁, C₂, C₃, …, Cₙ)

Algunas variables tendrán un peso diminuto. Otras serán decisivas. Algunas serán necesarias pero insuficientes. Otras serán suficientes sólo cuando coincidan con determinadas condiciones. Algunas estarán tan alejadas del resultado que cualquier responsabilidad jurídica sería absurda.

Pero que su peso sea pequeño no significa que sea exactamente cero.

Y aquí aparece la pregunta que realmente me interesa:

¿por qué, al final de una cadena inmensa de pesos causales, donde gramo a gramo puede acumularse una masa superior a la que soporta el último individuo, nuestra mirada recae casi exclusivamente sobre el último eslabón?

Sobre quien finalmente cayó.

Sobre quien finalmente actuó.

Sobre quien estaba allí cuando todo lo anterior adquirió forma material.

Quizá porque es más fácil.

El último eslabón tiene nombre.

Tiene rostro.

Puede sentarse frente a nosotros.

Una sociedad no cabe en el banquillo.

Una cadena causal no puede esposarse.

Una época no puede cumplir condena.

Entiendo las objeciones.

Entiendo los ejemplos extremos que probablemente empiezan a aparecer en tu cabeza. Entiendo también que algunas conductas pueden producir una rabia tan intensa que cualquier intento de explicación parece ofensivo.

No pretendo quitarte esa rabia.

Ni tu dolor.

Ni tu derecho a exigir consecuencias.

Mi punto no es anular al individuo mediante la frase cómoda de que «todos somos un poco culpables de todo».

Eso sería otra simplificación.

Mi punto es casi el contrario:

si existe una parte que me corresponde, quiero conocerla.

Y me resultaría mucho más soportable vivir en una sociedad donde cada uno pagara —en el sentido más amplio de la palabra— exactamente por la parte que le toca.

Ni más.

Ni menos.


Ése es mi entorno.

El entorno del que quiero escapar a cada instante de mi vida.

Un entorno hostil y cobarde.

Un sistema formado por masas descoordinadas que, pese a participar constantemente en los resultados colectivos, se declaran individualmente inocentes.

Todos proclaman su superioridad moral.

Todos encuentran con extraordinaria facilidad al culpable que está fuera de sí mismos.

Y por eso necesito la fantasía.

El mundo que busco no puedo encontrarlo simplemente saliendo a sentir el aire.

Ni oliendo el romero del Mediterráneo.

Ni siquiera teniendo un velero amarrado en el puerto, esperando un hermoso día de viento para salir unas horas, volver a casa, tirarme a la piscina y comer una fideuà hecha a leña.

Todo eso podría hacerme feliz.

Pero seguiría perteneciendo al mismo mundo.

El entorno del que hablo sólo existe en mi fantasía.


Los juegos de mesa son fantasía.

La literatura es fantasía.

El cine es fantasía.

Las series son fantasía.

Al menos, forman parte de la mía.

Me permiten abandonar durante unas horas ese entorno descoordinado, contradictorio e injusto para entrar en otro sometido a reglas.

Y las reglas deben estar coordinadas.

Deben ser inteligibles.

Deben guardar relación unas con otras.

Deben producir consecuencias previsibles dentro del sistema.

Porque, si no, la fantasía se rompe.

Tal vez ahí esté una de las cosas que más me atraen de los juegos: un universo pequeño puede ser más coherente que el universo que lo contiene.

Un tablero tiene límites.

El mundo no.

En un juego podemos definir un conjunto de estados S, unas reglas R, unas acciones posibles A y una función de transición:

T(S, A) → S′

Si haces esto, ocurre aquello.

Si adoptas una decisión, el sistema responde según reglas conocidas.

Puedes discutir si esas reglas son buenas. Puedes cambiarlas. Puedes crear otras. Pero mientras juegas no puedes fingir que no existen sólo porque su consecuencia te incomoda.

El tablero no proclama inocencia.

El tablero responde.


Así empecé a crear BALL.

Pero la reflexión que existe detrás merece probablemente más atención que un juego al que, a día de hoy, quizá no juegue ni yo.

Porque BALL nació de algo anterior a BALL.

Nació del ser humano que quiere huir.

De la necesidad de evasión.

De la importancia del ocio.

De nuestra capacidad para construir pequeños universos cuando el universo grande resulta insuficiente.

Y esa evasión no es necesariamente inocua.

Pensar puede producir cambios.

La fantasía puede mostrarnos qué nos duele precisamente porque durante un instante nos permite observar el dolor desde fuera.

Puede revelar qué falta.

Puede permitirnos ensayar otro orden.

Puede ayudarnos a identificar una solución.

De lo contrario acumulamos síntomas.

Tratamos uno.

Aparece otro.

Tratamos el segundo.

Surge un tercero.

Y seguimos necesitando la misma medicina:

la fantasía.

No porque la fantasía resuelva la causa, sino porque nunca llegamos suficientemente al fondo como para resolverla nosotros.


Y volvemos así al principio.

Podemos seguir haciendo preguntas.

Una detrás de otra.

¿Por qué necesito fantasía?

¿Por qué quiero escapar?

¿Por qué este entorno me resulta hostil?

¿Por qué los seres humanos construimos entornos así?

¿Por qué somos como somos?

¿Por qué existimos?

¿Por qué existe algo en lugar de nada?

Podemos continuar ascendiendo —o descendiendo— hasta formular preguntas para las cuales quizá ni siquiera poseemos el lenguaje adecuado.

Pero no hay ninguna obligación de llegar hoy hasta la última.

Antes aprendemos los números.

Después aprendemos a sumar.

Luego a restar.

A multiplicar.

A dividir.

Y sólo mucho después intentamos resolver ecuaciones cuya notación habría sido incomprensible cuando todavía estábamos aprendiendo a escribir el uno.

Sígueme en esto. No empieces a decirme que antes aprendemos a hablar, y antes todavía a utilizar las cuerdas vocales.

Ya sabes lo que quiero decir.

No tengas prisa.

No conviertas la búsqueda de la pregunta original —la pregunta cuya respuesta resolvería el misterio entero de la vida— en una excusa para no responder las preguntas que ya están a nuestro alcance.

Primero cuenta.

Luego suma.

Después veremos hasta dónde podemos llegar.

Eso es BALL.

BALL es una fantasía.